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11 de Marzo, 2008 · Investigación

EL USO DEL ADJETIVO EN LA POESÍA DE GARCILASO DE LA VEGA. Autor: Cristian Ojeda

En el desarrollo del presente trabajo nos propondremos analizar mediante el comentario de algunos fragmentos, el uso particular que hace Garcilaso de la Vega del adjetivo, tomándolo buena parte de las veces, como un recurso para determinar un aspecto de los sustantivos, cristalizándolos, y construyendo así una visión del mundo plenamente armónica con los valores estéticos que por entonces comenzaban a imperar.

Diremos para comenzar, que hay en el uso del adjetivo por Garcilaso, una clara relación con los tópicos constantemente visitados por él. Como principal poeta del Renacimiento, sus versos aluden una y otra vez al carpe diem, al locus amoenus, y a la visión platónica del amor. Con todo, la observación del empleo que hace de los adjetivos permite vislumbrar el enfoque del poeta sobre los asuntos tratados.

Para demostrar lo antedicho, comentaremos una serie de ejemplos. En primer lugar,  encabezando su égloga primera, el verso “El dulce lamentar de dos pastoresnos habla de una concepción suavizada del dolor. El lamento no es áspero, ni amargo, ni desconsolado; es dulce, puesto que en el universo garcilasiano no habitan pasiones violentas; más bien, el ánimo es de melancolía, y hasta el lamentar es agradable.

En el aspecto personal, la vida agitada del poeta contrasta con sus anhelos de quietud y de una vida retirada. Él veía en la vida familiar de su amigo Boscán la tranquilidad y el disfrute que se le negaban en las sucesivas campañas militares. Aparece aquí el tópico del locus amoenus junto con el del carpe diem. En relación con el primero, Garcilaso evoca en la misma égloga: “Por ti el silencio de la selva umbrosa, / por ti la esquividad y apartamiento / del solitario monte me agradaba; / por ti la verde hierba, el fresco viento, / el blanco lirio y colorada rosa / y dulce primavera deseaba”. Esta evocación de la naturaleza idealizada, estrechamente relacionada con el estado de enamoramiento del yo lírico, connota una visión óptima de esta vida, apartada de lo mundanal y cautiva del cosmos. Cada elemento de la naturaleza es acompañado por un adjetivo que, cuando no es epíteto, cristaliza al adjetivo. Así, en el paisaje del poeta, hay una atmósfera liviana, agradable, sosegada: No hay el calor quemante del verano ni el frío intenso del invierno, pues lo deseable es la dulce primavera, acariciada por el fresco viento que corre a través del aire sombrío. Entonces, lo cromático tampoco queda desatendido, pues la verde hierba de la selva, el blanco lirio y la rosa colorada se ven matizadas por la sombra de la selva. (Este enfoque será observado también, más adelante, en la Oda a la Vida Retirada, de fray Luis de León).

Así, se puede observar el modo en que el adjetivo fija una característica del sustantivo que quedará indisolublemente ligada a él, y esta característica es precisamente la que resalta con más fuerza la cosmovisión renacentista, como en este otro pasaje de la primera égloga, en que reaparece el tópico del locus amoenus: “Corrientes aguas, puras, cristalinas; / árboles que os estáis mirando en ellas, / verde prado de fresca sombra lleno, / aves que aquí sembráis vuestras querellas, / hiedra que por los árboles caminas, / torciendo el paso por su verde seno / (...) con vuestra soledad me recreaba, / donde con dulce sueño reposaba”.

Nuevamente, la vegetación cobra fuerza mediante la presencia enfatizada del verde; se repite la imagen del prado fresco y umbrío; el agua es cristalina y pura, permitiendo asociar el río del poema con uno edénico, idealizado. Por último, el pasaje alude al placer de la soledad, que permite disfrutar del dulce sueño. De este modo, mediante el trato del locus amoenus, podríamos afirmar que el poeta deja vislumbrar en su obra los deseos frustrados de su vida intranquila.

 La observación de cómo Garcilaso emplea el adjetivo, también permite identificar el arquetipo de belleza femenina en este periodo. El soneto XXIII ha sido muy citado para demostrar lo antedicho.

En el primer cuarteto de esta composición, se caracteriza la mirada de la dama como ardiente, pero honesto: la pasión enseguida es matizada por la castidad, produciéndose el equilibrio buscado. El cabello “que en la vena del oro se escogió”, es una expresión que evidentemente puede sustituirse por rubio. La descripción continúa con “el hermoso cuello blanco, enhiesto”, completando la imagen perfecta de la amada, y llamando la atención sobre un aspecto fundamental del cuerpo de la mujer en la época: el cuello. Finaliza el soneto con adjetivos positivos para la primavera y lo que hay en ella (alegre, dulce, hermosa), y negativos para el paso del tiempo, asociado con el invierno (tiempo airado, viento helado, edad ligera). Así, además de ensalzar la belleza, se vuelva a poner de relieve la necesidad de aprovechar el presente, que es fugaz (tópico del carpe diem).

Otros adjetivos que refuerzan la estética que estamos comentando los tomamos de la Canción tercera, dedicada al río Danubio, escrita mientras Garcilaso estaba en prisión. Allí se habla del agua corriente y clara, que produce un manso ruido, nueva evocación al paisaje bucólico. Allí se escuchan las blandas querellas de los ruiseñores, que nos traen a la memoria “el dulce lamentar de dos pastores”, con que comienza la égloga primera, y ya hemos comentado.

Para terminar, estableceremos una breve relación con Fray Luis de León y el empleo del adjetivo en su Oda a la Vida Retirada. En esta composición hay un anhelo por la naturaleza y la vida alejada del “mundanal ruïdo” , que en Garcilaso hemos observado al hablar sobre su tratamiento del locus amoenus.

Mientras que en Garcilaso el adjetivo, como queda dicho, le da un carácter casi fijo al sustantivo, y resalta siempre el aspecto más fuertemente relacionado con la óptica renacentista, en la oda de fray Luis de León, cualifica circunstancialmete al nombre, enfatizando el aspecto que convenga a la situación. Así, mientras los versos del poeta toledano lamentan: “Tu dulce habla ¿en cuya oreja suena? / Tus claros ojos ¿a quién los volviste?”, los adjetivos fijan el criterio de belleza renacentista; por otro lado, en la primera estrofa de la oda leemos: “¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo, / y sigue la escondida
senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido”.

Puede notarse cómo los adjetivos se adaptan para cumplir la intención del autor de contrastar con las virtudes de la vida aislada las desventajas de la vida de ciudad. Sin embargo, éstos no estarán en otros contextos asociados, necesariamente, con los mismos sustantivos.

Del mismo modo, unos versos más abajo leemos que en la ciudad están “los soberbios grandes del estado”. Allí se escucha “la lengua lisonjera” que encarama “lo que condena la verdad sincera”.

Por su parte, en el soneto en que Garcilaso recrea la metamorfosis de Dafne se describe: “en verdes hojas vi que se tornaban / los cabellos que el oro escurecían”.

En este caso, el adjetivo de hojas es un epíteto, y la expresión que alude a los cabellos –si bien no es un adjetivo– es, al igual que la ya citada, una forma permanente de adjetivarlos como rubios.

Podemos afirmar, para concluir, que los ejemplos comentados señalan un rasgo esencial en el estilo del que fuera llamado el Príncipe de los poetas castellanos; que es el de delegar en el adjetivo gran fuerza expresiva y una marcada caracterización serena, apacible y armoniosa de aquellas personas y cosas a las que le canta.

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publicado por rodrigodelgado a las 08:44 · 1 Comentario  ·  Recomendar

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Comentarios (1) ·  Enviar comentario
que asco la verdad aqui no sale nada mejoren esa pagina si q no se encuentra nada.
publicado por jennifer, el 24.03.2008 17:15
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